Un sinnúmero de personas han tratado de explicar la existencia del círculo como figura preponderante en la conformación del universo

Un sinnúmero de personas han tratado de explicar la existencia del círculo como figura preponderante en la conformación del universo. Algunos lo relacionan con el ciclo inacabable del nacimiento y transformación de los objetos. Otros, con el karma al que según ellos estamos ligados. El interminable círculo de nacimiento y muertes al que inevitablemente estamos sujetos emula el movimiento traslatorio de la Tierra y los otros planetas alrededor del sol, nuestra fuente de luz y energía cálida. Es por tanto, el heliocentrismo una imagen palpable, o más bien cognoscible del hare-krishna, la Suprema Realidad de Dios a la cual estamos unidos mediante la fuerza centrípeta que representa nuestra parte espiritual, es la fuerza que nos mantiene en un contacto permanente con el krishna al cual no podemos evadir.

La circunferencia que posee un centro hueco es asimismo, un reflejo de nuestra libertad condicionada a los limitantes de nuestra propia existencia humana. No podemos prescindir del todo de nuestra fuente de vida. Sin importar cuánto creamos habernos liberado del karma por nuestro empeño en conocer la realidad absoluta, siempre nos mantenemos limitados por esa misma fuerza a la que pretendemos unirnos. Y es aquí precisamente donde entra una palabra clave en la circularidad del ser humano: el toroide.

El toroide no es más que un anillo. Nos encontramos en ese anillo, pero no en el centro. Somos parte de ese anillo. Si cortamos transversalmente el toroide obtendremos un infinito número de círculos. En el centro de cada uno de esos círculos radica una unidad de sustancia, sea material o ideal. Nosotros somos un centro, cada uno es un centro, y cada cosa lo es también. De modo que algo nos une a la materia y también a la idea.

El toroide infinitesimal es una constante en términos materiales y puramente espirituales. Todo el ser humano, su parte racional e instintiva se concentra en un punto del cual parte un radio – su capacidad de comunicarse – hacia el borde que representan sus virtudes y defectos que lo separan de las criaturas espirituales y, en especial, de Dios.

Sin fecha.
C. 2000
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Bullicio

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