Puerta de recuerdos

— ¿Vamos a subir hasta allá arriba?
— Ahí nos está esperando el palo de nanchi,
vamos a cortá un costal.
— Abuelita, ¿cuando vengamos ya va estar listo el
 higadó, el lomo relleno y las tripas asadas?
— Sí hijito vete con tu abuelo a cortá nanchi y vienen a comer.
— Vamos pue Pisha.

— ¿Ves al abuelo y al nieto que van subiendo?
— No los veo, me tapa el maguey.
— Saber de qué hablan que se van riendo.
— Ha de ser que están contentos de poderse mover.
Yo aquí quieta durante el raso tiempo,
sin probar de esos frutos, sin tener madre o abuelo.
De la informe tierra vine a plantarme bajo esta sombra de roble;
deseando siempre vivir, y nunca, sin embargo, mi ruego fue escuchado.
Son ellos abuelo y nieto,
tienen razón para reír.

— ¿Y cómo se llama ese árbol?
— Se llama roble.
Da unas bolitas que se les llama bellotas.
Uuh, estos árboles son unos viejazos.
Me acuerdo cuando estaba así, chiquito,
Y ahora, qué tremendo.
Me voy yo y él aquí va a seguir.

— ¿Dónde está mi abuelo?
— Se fue allá arriba a limpiar el monte.
Nada más que no lo viste porque estabas todavía durmiendo cuando él se fue.
Al ratito va a venir y van a subir los dos juntos, ¿viste?
— Bueno.

— ¿No le vas a poner más sal?
— Yo creo que ya está bien. Si no, va a salí muy salado sus hígado.
— El de ellos no, el de la vaca.

Cómo recuerdo aquellos años mozos en que no temía a la soledad.

Me hablaba a mí mismo como a un extraño.
No tenía necesidad de conocerme.

Aquella pequeña casa de madera, de techo de dos aguas,
que abuelo y abuela construyeron para que yo, alegre, jugara.

El migote de pozol que solía hacerme y el pozol con cocha que tomaba.
Nada preocupaba, nada faltaba, estaba contento con tan sólo ver sus caras.

— Tiene bastante nanchi.
— Ta bien cargado.
Orita lo vamos a cortá todo.

Con tus granos, mazorca, te adornas; y de tu cabeza salen rubios cabellos.
Tú amarilla, tú briosa, no escondas tu cara bajo tus verdes hojas,
mira a esos dos ¡qué felices ellos son!
¿Tienen acaso muda la boca?
¿Son ellos árbol macizo y retoño tierno, plantados, inmóviles, sobre sus raíces?
Mírate, mazorca, en tu tallo tú te secas, mientras ellos frutos cogen.
Mírame también, que mata de frijol yo soy,
vivo un rato, luego me acabo.
Pero estoy aquí ahora,
contemplando al sol que en sus rostros brilla,
el uno, oscurecido por el calor,
el otro, sonrojado, terso.
Un niño que sobre los rastrojos salta, veloz.
Tiene en la mano una piedra.
No teme a nada, en su abuelo está su valor.

Y cortamos mangos. Caían estrepitosos sobre el suelo.
Agrietados, intactos, verdes, sazones,
rodaban crepitando al contacto con las hojas secas a los pies del abuelo,
corriendo yo tras ellos, hasta alcanzarlos.
El abuelo los arrancaba de sus ramas,
tenía en sus manos una larga vara.
Una hora del día, perdida entre los años en que el tiempo no paraba.
No importaba. Me importaban los mangos.

— Pero no parecía gorila aquel señor.
— Es, ¿no le viste la carota?
Tenía un racimo de guineo en la mano también.
Y esos comen gente, sólo que no te comió porque allí estaba yo.

“Allí estaba yo”
Estabas junto. Y yo estaba seguro.
Si estaba ahí, estaría bien.
Si me encontraba, en cambio, con la abuela, estaría bien.
El abuelo fue nieto alguna vez y en su abuela la mía también se reconoció.

Y el hígado sobre las brasas se asaba y el lomo en el plato dormía;
la abuela con un cartón en las manos se abanicaba.

Cual brasa el sol enrojecía
y lanzaba soplos de cálida iluminación blanca,
que mas no blanqueaban y sí, en cambio, la piel nos oscurecían.

Tus historias,
ya no en aquel pequeño cerro, suben a mi memoria,
en las cuales me imaginaba dentro y las veía – y las agigantaba.
Las historias de terror que atemorizaban;
los chistes con los que soltaba la carcajada.
Los consejos que me dabas.
Las palabras que aún me entregas.

Recuerdo los tráileres en el INMECAFE.
Tu comida en los trastos y tu café o telimón en el termo.
Que mientras tú comías, yo corría entre aquellos hierros muertos.

Y la abuela me curaba, nos sana,
con sus remedios caseros y sus manos que al sobar los dolores desaparecían.
Y el cututi se alegraba.

Tomados de la mano, a un lado de la carretera caminaban.
Los autos los oían, las casas los espiaban.
El viento que corría.
La mano que tú me sujetabas.

Entonces, un caballo, una piedra, una risa, me distraían;
pero en tus manos seguro me encontraba.

Del conocimiento del clima, tú meteorólogo empírico, eres poseedor.
Sabes cuándo caerá el agua que alimenta tu maíz y tu frijol.
Cuando la canícula se acerca, tú ya la has pronosticado.
Y el azadón y el marro y el cincel y la barreta y el pico y la pala, son una extensión a tus brazos.

El vilú y la cajeta y los trompos.
Era la fiesta del pueblo.
La música y los castillos y el torito se alzaban sobre el gentío.

Mi vilú tocaba, la cajeta comía, el trompo yo jugaba.
Tú abuela los comprabas, tú abuelo ordenabas,
y en mi jolgorio me divertía.

Allá en Julián Grajales vivieron
Y también en La Gachupina.
En Soyaló la casa construyeron, en ella creció la familia.
El maíz de ahí venía.
La plática que de su aliento escapaba, yo bebía.

Más tarde envejecieron.
¿No viste roble cómo ellos se volvieron más abuelos?

Venciste tres operaciones, eres fuerte viejo roble.
Tus venas, erizadas de duro trabajo, te recuerdan
que para lograr la mesa puesta, la frente húmeda queda.

¿Y qué son tres aberturas,
sí, qué son tres cortes en tu alma,
si tú eres, abuelo, como el roble,
indiferente al hacha?

El caldo que con mis orines fue bebido era dulce, no había aún madurado.
Lo bebieron, yo cercano, ahí en la piedra sentado.

Por mi madre a mí su sangre se trasiega.
Su ciencia me ha tocado.
Con sus ojos yo he visto años.
Y con sus oídos, aquellos gritos tan lejanos.
Con sus propias manos he labrado todo cuanto de su boca ha salido.

Estoy grande, fui chico, soy viejo.
Por ustedes he vivido casi igual que ustedes.
Y he sentido el desollante andar del pollito sobre la piel, sin siquiera haberlo visto.

No estuve allí,
pero he conocido al viejito Nuncha enriqueciéndose con su cantina;
a Don Sisto;
al tacín, sobre el inodoro;
a Juan Gorila y sus montonales de cabezas;
al bulusate sobre la espalda;
Roble Viejo…

No diré más.
Porque el tiempo entero no me bastaría si sigo contando una historia, no acabada,
que se perpetúa en nosotros hasta que la luna sea agua.

Llevo abuelo tu nombre.
Abuelita, ¡mira!
tu cututi se ha hecho un hombre.

~ Junio, 2000*

+ 26/Oct/2009 […] Pienso en la abuela, en su muerte. Y también en el olvido […]

Serendipity eres tú

Y sí, eras niña.

Y lo que nos unía también nos separaba. Nos iba forzando a buscar lo que no podíamos tener en ese momento. Y al final de esa gran aventura estabas tú otra vez.

Era el día que acordamos años atrás aunque jamás lo habláramos – porque ya no hablábamos.

Pero estabas allí, en ese momento y lugar en que yo te imaginé. La misma sonrisa, esa mirada. Por fuera un tanto distinta. Pero siempre somos los mismos, solo con un poco más de historias a cuestas.

Ya te había encontrado una vez aunque no te buscara, ¿lo recuerdas? “Serendipity eres tú”.

Y si ya era posible que existieras, ¿qué tan difícil sería que nos encontráramos también después cuando ya fueras grande?

Porque ese hilo de complicidad que nos conecta nos llevaría a la cita en esa fecha sin planearlo. Tenía que suceder o perdería la fe en mi propia existencia.

¿Y qué ha pasado? ¿Es acaso éste el principio de esa etapa en que nos separamos como en las novelas – tal vez olvidándonos por ratos – hasta que llegue el momento de volver a hallarnos?

Tal vez todo cariño tiene que ausentarse de nuestra mente mientras permanece enterrado en el alma para que no lo perdamos por un descuido. Hasta que llegue el momento de intercambiarlo.

¿Sería nuestra historia tan ridículamente fantástica que nos encontraríamos en ese futuro momento y entonces serías la “última para mí” como yo sería el “último para ti”? – ya no preguntaré si lo recuerdas.

De pronto esa fantasía en que saltamos a la aventura por rumbos distintos para encontrarnos en la cima me provoca un nervioso vacío.

Dos veces no podría hallarte“. Sí, porque eres única.

¿Pero qué hay si mi temor subconsciente se refería también a perderte?

¿Y si nos olvidamos en vida? ¿Y si nos perdemos el uno al otro y no nos hallamos ya nunca más?

Tal vez ha sucedido. Porque en tu mirada solo pareciera reflejarme como un personaje extraño, casi desconocido. Solo una sombra de aquel con el que un día saltabas corrientes, saltabas sobre las rocas.

Temo que esa cita ya no ocurra en ese lejano día futuro. Y que en su lugar comience a analizar cuál fue el día de la despedida.

¿Cuál fue ese día en que sin darme cuenta dejamos de ser esas dos personas sorprendidas por haberse encontrado? El opuesto día a aquel en que descubrimos que éramos solo dos personas raras en medio de la nada.

Y encontré solo frío

Esperé dos veces en el frío. Tan intenso mientras el tiempo pasaba acabando con mis esperanzas de verte.

Espere un día en cada salida. Tratando de atajar tu paso. Esperando el momento de la sonrisa incontenible al verte. Pero no pasó.

No saliste, no estuviste allí. Luego intenté con la última posibilidad de verte. Tampoco llegaste.

Sí sé lo que es extrañarte. Es temblar en el viento con la esperanza de verte, y volver a casa triste por no saber de ti.

Conozco tu manera de andar. Y en la imágenes difusas que mi vista capta no te vi. Es como si desaparecieras de los,lugares más obvios.

Como si te alejaras. Como esos sueños en que nos despedimos y comenzamos a padecer la lejanía.

Hoy no estuviste. No en donde esperaba.

Solo frío y vacío fue lo que aguardaba para mí.

Hoy tuve frío. Pero creí que te vería.


Solo tú eres tú

Te recuerdo siempre con esa hermosa sonrisa.
Con tu dulzura infantil.
Y ser decidida para emprender todo cuanto se te ocurre.

Eres ese momento del día en que causas una sonrisa con solo verte.

Tú eres tu sonrisa y tu mirada clara, tu andar juguetón como si fueras saltando y tu legendaria timidez, tu habla extendida y la sinceridad casi ingenua al expresarte.
Eres casi de fantasía.
Casi, excepto por mí.

Nunca me he imaginado como quien traiga lo mejor a tu vida. Aunque tú afirmas que sí. Y tú no mientes.

Pero tal vez lo haga de manera involuntaria. Tal vez así, sin querer, traiga malos momentos a tu vida.

Tal vez eso soy y no puedo evitarlo.
Cuando me doy cuenta ya he causado daño.

Soy quien apaga tu sonrisa y provoca tus lágrimas. Soy la imagen que se aleja y te deja sola cuando me necesitas.

Soy quien te repite todo lo malo que ‘hacemos’ – o hago – y nada de todo lo genial que ha sido el haberte conocido.

Todo lo has hecho pensado en el bien – o no lo habrías hecho – puesto que usas mi semblante como prueba. Y contigo he sonreído mucho.

Yo tal vez culpo a otros. Incluso de maneras no aparentes.
Paso por alto mi participación cuando tal vez quien lo lleva a mal término soy yo.

Me siento capaz de hacer mucho daño. De tan solo nombrarte y ya haber hecho algo para que tu sonrisa se apague.
De solo hablarte y mirarte para que entonces la desilusión ocupe tu rostro en el vacía que deja tu sonrisa.

Pero eres esa ilusión desde siempre. El motivo para sonreír cuando ya no queda otro motivo.

Y también el temor a perder lo que nunca imaginé encontrar.
Si te pierdo ¿cómo podría volver a hallarte?
No podría encontrar alguien más pues solo tú eres tú.

Solo tú eres esa niña con esa sonrisa. Solo tú eres la que siempre está dispuesta a todo. Solo tú eres la que va saltando al caminar y caminas de ese modo tuyo.

Solo tú pudiste encontrar eso que dices encontrar en mí – y yo me asombro aún de que sea así. ¿Qué podría tener yo para ti?
Yo solo soy yo.

Solo soy ese amasijo de ideas extrañas, mal carácter y peores actitudes que no entiendo cómo puede resultar atractivo.
O doloroso, como puedo resultar a veces.

O tal vez es lo contrario:
Tú tuviste que hacer algo verdaderamente malo para tener que conocerme y enamorarte de mí.
Y yo tuve que haber hecho algo extraordinariamente bueno – lo cual en verdad dudo – para tener el premio de haberte encontrado.

Pero puede no ser ninguna, o nada, ni otra cosa.

Y solo somos tú y yo que nos encontramos en el momento justo.
Y como todo en un mundo imperfecto nada saldrá perfecto.

Pero todo lo hecho habrá valido la pena de haberse vivido.

Tal vez solo nos complementamos para que tú no te asfixies en tu exceso de bondad y falta de malicia. Y yo no explote por mi mal carácter y maldad mostrada a veces, aunque aplacada por ti. Nivelada a extremos de parecer alguien bueno gracias a ti.

Solo tú eres tú. Dos veces no podría hallarte.

La mayor sorpresa

I

Derribas muros con una sonrisa. Saltas corrientes de agua, saltas sobre las rocas y sigues subiendo.

Cada paso que das es asombroso, tan inesperado. Era inimaginable que alguna vez estuviéramos aquí. Y sin embargo aquí estamos.

Ocultos del mundo en un pequeño paraíso hablamos de soledad, de tristezas y de nuestra propensión a quedar callados ante las penas. Pero hablamos, vaya sorpresa, sentados en una minúscula playa, jugando a darnos regalos y a dar giros como locos. Solo dos personas raras en medio de la nada.

II

Más tarde siento que me llevas. Yo solo te guío a través de las rocas. Tú en cambio me llevas de la mano a nuevas experiencias. Me invitas a ser parte de tus primeras veces.

A ser el primero en descubrir que tienes una gran fuerza interior. A ser el primero en notar que tu sonrisa lo encanta todo. A ser el primero que te dice que mejor nos detengamos – ¿quién en su sano juicio haría eso?

“Excepto en casos excepcionales en que haces como que no quieres pero aunque no quieras quieres querer pero no quieres querer tanto como quisieras.”

Y en ti todo causa asombro. Será porque tú también eres asombrosa como esas cosas sencillas en que casi nunca nos fijamos.

III

Tu vida es complicada. Eso la vuelve interesante porque me vuelvo tu cómplice en las misiones más arriesgadas y potencialmente mortales como comprar un libro o tomar un café – ojalá no nos cachen.

Cuando todo sea más fácil para ti tendremos que inventar nuevas complicaciones. ¿O cómo habremos de seguir planeando misiones suicidas? Uno se vuelve adicto a las emociones fuertes.

Como también se puede uno volver adicto a ti.

Anda niña que hasta con tacones conquistas las rocas. ¿Qué cosa hay que no puedas hacer tú para sorprender?

Cuando tú has sido ya la máxima sorpresa.

Vaya sorpresa encontrarte a ti.

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Tal vez tú eras mas natural que yo. Más parecida al aire, a la respiración de todos los días, al aliento cálido de todas las mañanas.

Eras fresca, dulce y majestuosa, con tu manera simple de ver la vida. con esa sonrisa tierna y confiada, segura de estar en el lugar y tiempo correctos. De estar conmigo en lo cierto.

Eres más que sonrisas, más que ternura y sinceridad. Hasta cuando tratas de ocultar la verdad por pena, la verdad se te escurre por los ojos, dejándote siempre limpia, clara para mí.

Eres un murmullo constante en mi mente, siempre reverberando cada una de esas dulces palabras que dices de manera tan simple, como si acaso el mundo y la vida fueran tan sencillas como tu las haces ver.

Ahora eres tú

Hay momentos que en llego hasta una pared. Infranqueable, no puedo pensar más allá. Todo se detiene de golpe ante ella. Las ilusiones, los planes, la vida cotidiana se vuelven como roca. No tienen ese latido constante que crece conforme pasan los meses.

i

Uno, siete meses. Muchos.

Detenidos frente al lugar en que todo inició abruptamente, por un instante pasan todas las imágenes, lágrimas y sonrisas generadas hasta ahora. Como si el calendario solo llegara hasta estos días, todo parece oscurecerse a partir de aquí.

Cuando estás dormida y veo tu rostro, pareciera que no existe lugar más seguro para ambos. Derramas total confianza que me hace sentir tranquilo.

Intranquilo por no poder imaginar un futuro.
Desolado al imaginarlo sin ti.

ii

Pero tus planes no podían ser truncados por mí. Escucharte hablar con tanta fascinación y finalmente la determinación para hacerlo a costa de lo que fuera me hizo comprender que debía hacerme a un lado o seguir tras de ti – al menos por esta vez – pues sería el único modo de conseguirlo.

No todo ocurre como imaginamos o cuando olvidamos detalles importantes. La incertidumbre nos agobia.

Sin embargo, debemos luchar por tener aquello que deseamos.

iii

En estos siete meses he sido sorprendido, he estado abrumado por algunas cosas, reconfortado, premiado por ti. He sonreído. Hasta he llorado en tus brazos.

He tenido todo en este tiempo.

Persistencia

 

Esa sensación es persistente.

No se aplaca con la multitud, con una proliferación de palabras, con los gritos del mediodía, con el ajetreo dominante de las calles.

Es un silencio que se prolonga al desplazarse por cualquier lado, que me acompaña en esas largas caminatas para – si es posible – perderla mientras huyo para no ser alcanzado.

Corro a todas partes y parece estar observándome siempre. Vigilando con cuidado cada una de mis palabras, de mis emociones, que a menudo se encierran para no ser atrapadas. Toma lugar en cualquiera de mis destinos.

Insiste en preservarse, en crecer a mi lado, en atraparme con sus fríos brazos que congelan el alma al aprisionarme. Se transforma en multitud de rostros, en incomprensibles palabras, en el estruendo del día y en la negrura vacía de la noche.

Y se cierne sobre mí como jaula. Como una caja que me oculta en el olvido. Es ese aullido que ahoga las risas del exterior, causando solo lobreguez en el encierro. Y luego ese silencio, tan espeso, como si jamás fuera a ceder.

Un murmullo, cualquiera de esas palabras suaves, apenas audibles, son una liberación.

Pero ante esta desolación, aun me tengo a mí.
Tal vez solo a mí.

Cada persona en el mundo tiene sus deseos, sus metas, sus prioridades. El tiempo es limitado y elegimos en qué o quién usarlo. Tal vez el futuro que imaginamos muestre cosas distintas. Tal vez ese futuro no llegue.

El ahora es lo único que tenemos en la vida, el pasado es inmutable, el mañana es incierto.

Y solo en nosotros podemos ejercer algún cambio, no en vidas ajenas, en intentar cambiar sus planes, en redefinir sus prioridades, en tratar de desviar su ruta hacia la nuestra para mitigar esa soledad persistente.

Esa soledad.
Intolerable, interna. Una completa ausencia.

Las horas del día pasan de manera lenta, sofocante. Por ratos dejan salir un grito, una sonrisa, el paso de un vehículo. A veces solo el sonido del viento golpeando pasivamente contra las copas de los árboles. En otros momentos todo se detiene, el viento, los latidos, la respiración, la vida misma queda en suspenso mientras el tiempo sigue transcurriendo. Nos encontramos inertes observando cómo todo lo que está a nuestro alrededor parece desvanecerse.

Solo los recuerdos llegan. Como alegría sobrepuesta en nuestros labios para simular sonrisas añejas. Como tormento sobre nuestras almas al contemplar lo que se ha ido.

Y con todo ese bullicio en la mente, los alrededores siguen en calma. Produciendo ese característico silencio que nos empapa lentamente. Que nos tiñe de sombras para unirnos finalmente con el color de la noche.

Tanto genera el vacío. Tanto o más que la abundancia.

Cada nuevo ‘ahora’ trae oportunidades distintas. Algunas indistinguibles de la monotonía. Otras veces, grandes sorpresas que nos hacen anular ese estado de coagulación emocional en que las sensaciones se aletargan, en su lugar hacen que todo fluya. Risas, miradas abiertas, perspectivas lejanas. Nos devuelven esa sensación de estar en busca de algo específico, de ya no estar huyendo de nuestro mundo colapsado.

El vacío se transforma en espacio para alojar nuevas emociones. El silencio en una pared para anotar más nombres, lugares, para grabar anhelos cumplidos, para tener todas las risas y gritos de alegría pintados indeleblemente.

Vacío, silencio, dualidades tan simples que se forman con el mismo nombre. Y tan difíciles de entonar de un modo distinto para despertar su otro significado.

Posiblemente ese silencio comenzó hace tiempo y su ritmo se va alentando. O tal vez soy presa de un gran estruendo pero no puedo detectar más ese sonido.

Solo sé que es algo persistente, como si no fuera a ceder.

 

Más Silencio

He sentido el latido intenso de tu corazón mientras contemplas la parte expuesta de mi alma. Cuando estoy sintiéndote, comprendiendo tu esencia de mujer.

No es algo carnal, como un pedazo de materia que nos conecta en forma pasajera. Eres un momento, un instante que se petrifica al escucharte, al sentirte, al borrarte de este mundo para perderse, los dos solos, en él.

Pero el silencio nos persigue.
De mano de mis irresolubles arranques de locura.
De tu tranquilidad perpetua.
Del destello ingenuo de tus ojos.

Esa soledad nos aletarga hasta el punto de nulificar nuestra presencia.

Parece que estamos ausentes, que no nos conocemos el uno al otro.
Parece que no existimos mientras estamos sordos para las palabras y para el silencio del otro.

Ahora lo sé

Pienso en un mundo ideal. En que el amor se siente a través de la distancia, a través del frío, y se percibe incluso en medio del silencio.

Un mundo en que ligeros pensamientos sobre mí aun te asaltan – como me sorprende a mí a medianoche tu indeleble recuerdo. Tu voz cantando vanas melodías que adquirían significado en tus labios.

Mi mundo está lleno de decisiones brutalmente simples, y dolorosas. Parece que a todo acto de mi vida estoy condenado a responder con un Sí o un No, rotundos. Todo o nada, sin excepciones.

Y traté de decir No, a decir que no a ti. A tu corazón, a tus sonrisas tímidas, al silencio que rodeaba tu vida, pero que yo podía comprender tan claramente. Quise decir no, porque presté atención a palabras externas*.

Luego quise decir Sí, quise gritar que Sí necesitaba de ti para completar el rompecabezas de mi mundo. Que sí quería despejar el miedo que el pasado había dejado en tu vida y que ahora comenzaba a cerrar tu alma para mí.

Quería decir Sí a tu corazón. Lo aceptaba, lo anhelaba, ahora.

Pero deseo un mundo ideal, donde los demás también responden de la misma forma. Y lo hiciste.

Me diste una respuesta, la más firme, que no quería aceptar en ese momento. Tampoco ahora: te marchaste.

Por fin comprendo que estos años borran todo recuerdo. Aunque no para mí.

Yo recuerdo todo aquello que he decidido olvidar. Te recuerdo a ti.

Y esos últimos momentos en que, no diciendo nada, en un monstruoso silencio, nos despedimos.

Bajo aquellos árboles. Bajo el sol.

Después, las respuestas disparatadas. Comportamientos irracionales. Excesos. Ni siquiera un adiós.

Y por alguna razón imaginé que éramos como dos señales que sólo nos anulamos a nosotros mismos porque tenemos la frecuencia perfecta para el otro (sí, mi teoría para el amor – aunque “para eso no hay teoría“). Y nadie más. Que debería ocurrir en cualquier momento. En un cruce fortuito allá contigo o de vuelta ya.

Creo que mi vida nunca ha sido simple. Yo no lo soy.  Puedo decir mil palabras de amor, o puedo tragármelas todas para no recibir solamente el eco de ellas al golpear con tu pecho y sentir tu lejanía.

Soy de extremos, con reacciones estentóreas, soy estruendo o silencio absoluto. Siempre decisiones diametralmente opuestas.

De modo que debí aguardar estos años para ver mi decisión cumplida. Pero no por mí. Porque esta vez tú eras quien podía torcer mis palabras irreprensibles.

Sin embargo, jamás lo dije. No quise gritar nada al vacío en la distancia, al recuerdo extraño de tu silencio.

Ahogué todas esas palabras.

Y fue el resultado de mis indecisiones. De escuchar palabras externas*. De no asirte cuando estuviste junto a mí. De no observar más tu alma, de no ver más en ti, y ahora, siendo ajena

… “I won’t ever do it

Sí, ahora también lo sé.

5^2112am

La Foule

Tal vez realizar viajes para escapar de la realidad quita un poco de sentido a mis acciones radicales.

Intentar diluirse en medio de desconocidos nos quita voluntad. Para mí que debo tomar decisiones inmutables, resulta contradictorio.

Trato de enfrentar todo, a todo lo que me desafía, de manera frontal. Y sin embargo, descubro que en algunas ocasiones son otras personas – ellos, siempre ellos – los que solucionan esos problemas que no quiero ver – porque son recurrentes, y porque tienen gran carga de negligencia.

Y ellos me abren paso, mientras yo camino en silencio, sin voltear a ver a nadie.

Después de tantas horas en autobuses, observando paisajes anónimos que me mantienen pensando en cosas ajenas, vuelvo a las respuestas de siempre. A esas acciones que deben hacerse, a mi futuro y la realización de esos sueños. A lo que aún no hago y siempre veo como impostergable.

En medio del vacío, o rodeado por el todo – aun no encuentro una diferencia absoluta – encuentro en cada palabra o escena una respuesta a lo que me cuestiono. Como si fuera una suerte de listado para vida.

Y al regresar a mi punto de partida, con la inercia de tanto tiempo llego en silencio. Con propósitos firmes, pero un terrible cansancio que reduce mis planes hasta la mañana siguiente.

Cada respuesta, es un instante pasado…