Balín se murió otra vez

“Balín se murió otra vez”.

Me lo dijo tan seriamente que comencé a creerlo. Aunque en un principio intenté reírme, cambié de parecer luego de ver la solemnidad e innegable seguridad con la que lo mencionabas.

No sé quien sea balín, y tu memoria no me permitió rescatar más datos, pero sé, estoy seguro que balín fue alguien diferente a nosotros.

Eso de morirse más de una vez es normalmente atribuido a los gatos, ¿pero en un niño?

Trataré de resumir la forma en la que creo posible balín murió más de un vez.

El primer problema a superar es la muerte. Su definición. ¿Cómo puedo saber qué es la muerte si nunca lo he estado o no lo recuerdo por lo menos?

Comencé a llorarte en el instante en que te conocí

Comencé a llorarte en el instante en que te conocí
Supe que tu destino era el mismo
Que desaparecerías después de un tiempo
Luego de poner uno de tus besos en mi alma

¿Quién eras realmente?
Después de quitar las ambigüedades,
Y destilar todas tus palabras para desechar las mentiras
¿Qué es lo que queda de ti?
¿Quién eres? Dímelo porque me estás socavando el alma

No retengas de mí tu imagen
No quiero tus fotos, no
Quiero el color que dejan tus labios sobre mi piel
Quiero las marcas de tus dientes en mi cuerpo
Quiero,
Las señales de tus besos sobre mi cuello

Me rehúso a aceptar tu despedida
Estoy harto de decir adiós y que
Me duela por siempre el instante de la despedida
No quiero olvidarte, es más, no puedo
Pero no quiero siquiera intentarlo,
Es un hecho, no lo lograré

Quiero verte, sí
Tomar tu mano y marcarlo con los más feos garabatos,
Adentrarme en tus ojos, rozar tu cara,
Aspirar los vestigios de tu presencia en el aire que me dejas

Quiero estrechar tu espigada figura
Debo tomar tu cuerpo y aprenderlo, para
Recrearlo en mi mente a cada instante,
Esperando el momento en que se realicen todos
– Sobre ti son todos ellos – mis sueños

Ya habla por favor,
Porque no resisto más tu ausencia
No puedo llamarte, no debo

Esperaré tus palabras,
O esperaré tu silencio,
Cuando mi alma deje de gritar que te deseo

Esta es la hora en que muchos duermen

En realidad, siempre están dormidos. Sueñan trabajar, dormir. Nunca despiertan, no conocen la conciencia.

El durmiente no escucha las palabras del mundo. Se ha vuelto sordo a los gritos. Las protestas sólo provienen de sí mismo, de su fantasía ambiental. Su mundo es su sueño. Pero a pesar de todos los rechazos y difamaciones, el durmiente es el fundamento de la realidad. ¿Qué es la realidad si no la materialización del sueño? El sueño, tal como la materia y la energía, son diferentes manifestaciones del mismo ente, es uno mismo con la realidad.

La conciencia es el desdoblamiento de las fantasías. La conciencia aspira a crear. Los sueños son los verdaderos creadores. No es casual la expresión “lo consultaré con la almohada” cuando un asunto importante demanda nuestra atención y acertada respuesta. Tal vez, es porque el sueño revitaliza los sentidos. El ser mismo se agudiza una vez se ha alimentado del ocio creativo y fulgurante de los sueños. Pero, tomemos en cuenta el factor fantasía.

La fantasía es todo aquello que aún no hemos visto. Existe, en algún lugar, no sabemos dónde, pero existe. El universo es el todo absoluto. Nuestros rostros están reflejados en todos los espejos del espacio, y cada estrella posiblemente sea una respuesta a las preguntas que planteamos a diario a Dios. Es así que la fantasía es un vislumbre del futuro y, por qué no, el recuerdo de nuestro instintivo pasado.

Basta contemplar a los niños para quienes todo es posible. Nadie es incapaz de volar desde lo alto del librero de la sala. Los superhéroes lo hacen. Todos somos héroes. La vida misma es ya la prueba de la fortaleza, de la valentía, que las piedras no poseen.

Continuamente aparecemos en lugares no previstos. Obra de la casualidad. Obra de la concatenación de absurdos que vuelven real la fantasía. Pero ante todo, obra de nuestro subconsciente. El irrefrenable anhelo de ser inmortales y omnipotentes nos acerca a dioses, a dioses falaces, pero tan corruptores como cualquier ídolo. Es entonces cuando nos volvemos ojo del mal, lengua que lame los instintos. Depósito de engaños y de vanas realidades.

¿Es posible afirmar que algunos de los sueños nos dicten un poema o una novela? No. Nadie nos dicta las sensaciones, esto son los poemas, esto es la escritura, la verbalización de las emociones. Aun frías, las emociones arden en la letra. Las musas no pertenecen al campo de la realidad. Son como cualquier sueño volátil del todo. Y como tales, son fantasías, poemas en sí.

Si existe alguien que nos dicte la palabra, está entonces adulterada. La poesía se escribe a sí misma ¿Cómo? Se vale de las manos de aquellas que tienen los oídos finos para oír el ruido que genera el vuelo de las imágenes. Solamente los que escuchan el movimiento pueden dar forma al instante.

Sin embargo, hay impostores. Hay aquellos que practican la poesía. Inenmendable error. Una vez corrompida, la poesía se deslustra totalmente y es confundida con la opacidad del sueño. No se la distingue de las reverberaciones del mundo material. Cada vez pierde un brillo. Se extingue la luz que la identifica. Es, de hecho, luz en su estado activo. Se vuelve ruido. Ya no es el melodioso ritmo de los versos. Es la desastrosa sucesión de estallidos esquizofrénicos.

Es, por lo tanto, necesario dar una definición de la poesía. Cualquier concepto es asíntota a la poesía. Jamás nada define la realidad, pues esta es el escondite del fantasioso proceder del mundo. Mas ahora, es necesario identificar el blanco. Más bien, la flecha, la mano aquella que se vale de la irrealidad para acoplar el mundo a nuestro modo. La poesía es una flecha, un arco tenso en mano de un abismo impenetrable. Reticente definición, que no hace otra cosa mas que dejarnos en el mismo punto.

Ya se ha hablado de la inefabilidad de la poesía. Los versos que leemos, que vimos en el pasado de nuestras hojas, son el despojo de las conquistas efectuadas contra la materia. Tiempo, fuerzas, a cambio de poemas, fuerzas. Pero el tiempo es irreducible, mas sí elongable en el acto poético, el éxtasis poético. Ese instante que perdura en el espacio es el catalizador de las palabras.

Hemos visto, muy seguramente, personas con lápices en las orejas. No son poetas. Las poetas no existen, son producto de la fantasía. El poeta es la poesía. Las personas que se tildan de poetas, son atisbos de la realidad mayor. Están al servicio de los sentidos y, como tales, son esclavos. Ese es su verdadero título.

El poeta ya no andará por las calles pregonando su dicha. El poeta es, de hecho, los remansos de agua que se oscurecen en las orillas de los lagos.

¿Qué tanto sabes?

Tú no sabes del lugar de donde vengo
de mi cuna lítica
y las sonajas de madera.

Tú no sabes de mi infancia
todos los juegos que me ocupaban
y las tristezas fugaces que me embargaron.

Tú no sabes de mis golpes
de mis heridas profundas,
de mis temores más duros.
No sabes cuánto recuerdo existe en mí
y de cuántas maneras dibujé la nostalgia.

Aún mis manos escriben y
describen rostros,
que no conoces porque
tú no sabes lo que yo conozco.

No sabes
ni consolarme ni mantenerme alegre,
soy difícil de moldear.

Mis angustias no las sabes calmar.

He pedido mil veces ayuda para aguantar la oscuridad,
revertirla en luz en lo posible,
pero tú no me dices cómo he de hacerlo.
Te parece gracioso el desconocimiento.

¿Acaso no comprendes un silencio que te comunica
tan sólo callar y empezar a sentir?

Una noche entendí el motivo de un hombre
para seguir a una mujer: vivir.
Y deseé vivir,
y desde ese momento he luchado por reengendrarme con poder
y sobrevivir.
Nada ha sido, sino un tembloroso paso
por el filo de la agonía.

[…]

No sé cómo hacerlo.

Tú no sabes las veces a punto de morir
en que me he encontrado
y de cómo , por mano divina,
la soga de mi cuello se ha quitado.

No sabes nada de mí.
Cómo darme alegría, no conoces.

Pero hacerme morir cada día,
con la carencia de ti,
eso, sí lo sabes.

El universo toroidal

Cómo el círculo, cómo la idea de  ser el centro de cualquier realidad enorgullece al ser humano es una prueba de que el hombre crea lo que desea ser. No quitamos crédito al autor maravilloso de toda la impresionante creación. Hablamos de cómo el ser humano en dado caso puede desaparecer la idea, no , más bien, puede desaparecer a Dios. Pero esto, es necesario aclararlo, resulta sólo para el individuo que lo lleva a cabo. Vemos la realidad pero individualmente. Cada uno crea un número infinito de círculos  convergentes en él. La otra persona creará los suyos. Sin embargo, para un estudio pleno de la circularidad del universo debemos establecer como el principio máximo a Dios, de otra forma, nuestro análisis será inevitablemente erróneo dado que en nuestra esencia vemos atisbos de la mano creadora que nos ha llevado – querámoslo o no –  a los caminos más inalcanzables por los animales irracionales.

La esfera que envuelve todos nuestros pensamientos sobre una circunferencia y que se ven estructurados por ella se cierne sobre un velo de misterio que muchos llaman la Suprema Realidad de Dios. De él nos deslindamos imaginariamente para estudiar el universo en forma de anillo que hemos propuesto…

Puerta de recuerdos

— ¿Vamos a subir hasta allá arriba?
— Ahí nos está esperando el palo de nanchi,
vamos a cortá un costal.
— Abuelita, ¿cuando vengamos ya va estar listo el
 higadó, el lomo relleno y las tripas asadas?
— Sí hijito vete con tu abuelo a cortá nanchi y vienen a comer.
— Vamos pue Pisha.

— ¿Ves al abuelo y al nieto que van subiendo?
— No los veo, me tapa el maguey.
— Saber de qué hablan que se van riendo.
— Ha de ser que están contentos de poderse mover.
Yo aquí quieta durante el raso tiempo,
sin probar de esos frutos, sin tener madre o abuelo.
De la informe tierra vine a plantarme bajo esta sombra de roble;
deseando siempre vivir, y nunca, sin embargo, mi ruego fue escuchado.
Son ellos abuelo y nieto,
tienen razón para reír.

— ¿Y cómo se llama ese árbol?
— Se llama roble.
Da unas bolitas que se les llama bellotas.
Uuh, estos árboles son unos viejazos.
Me acuerdo cuando estaba así, chiquito,
Y ahora, qué tremendo.
Me voy yo y él aquí va a seguir.

— ¿Dónde está mi abuelo?
— Se fue allá arriba a limpiar el monte.
Nada más que no lo viste porque estabas todavía durmiendo cuando él se fue.
Al ratito va a venir y van a subir los dos juntos, ¿viste?
— Bueno.

— ¿No le vas a poner más sal?
— Yo creo que ya está bien. Si no, va a salí muy salado sus hígado.
— El de ellos no, el de la vaca.

Cómo recuerdo aquellos años mozos en que no temía a la soledad.

Me hablaba a mí mismo como a un extraño.
No tenía necesidad de conocerme.

Aquella pequeña casa de madera, de techo de dos aguas,
que abuelo y abuela construyeron para que yo, alegre, jugara.

El migote de pozol que solía hacerme y el pozol con cocha que tomaba.
Nada preocupaba, nada faltaba, estaba contento con tan sólo ver sus caras.

— Tiene bastante nanchi.
— Ta bien cargado.
Orita lo vamos a cortá todo.

Con tus granos, mazorca, te adornas; y de tu cabeza salen rubios cabellos.
Tú amarilla, tú briosa, no escondas tu cara bajo tus verdes hojas,
mira a esos dos ¡qué felices ellos son!
¿Tienen acaso muda la boca?
¿Son ellos árbol macizo y retoño tierno, plantados, inmóviles, sobre sus raíces?
Mírate, mazorca, en tu tallo tú te secas, mientras ellos frutos cogen.
Mírame también, que mata de frijol yo soy,
vivo un rato, luego me acabo.
Pero estoy aquí ahora,
contemplando al sol que en sus rostros brilla,
el uno, oscurecido por el calor,
el otro, sonrojado, terso.
Un niño que sobre los rastrojos salta, veloz.
Tiene en la mano una piedra.
No teme a nada, en su abuelo está su valor.

Y cortamos mangos. Caían estrepitosos sobre el suelo.
Agrietados, intactos, verdes, sazones,
rodaban crepitando al contacto con las hojas secas a los pies del abuelo,
corriendo yo tras ellos, hasta alcanzarlos.
El abuelo los arrancaba de sus ramas,
tenía en sus manos una larga vara.
Una hora del día, perdida entre los años en que el tiempo no paraba.
No importaba. Me importaban los mangos.

— Pero no parecía gorila aquel señor.
— Es, ¿no le viste la carota?
Tenía un racimo de guineo en la mano también.
Y esos comen gente, sólo que no te comió porque allí estaba yo.

“Allí estaba yo”
Estabas junto. Y yo estaba seguro.
Si estaba ahí, estaría bien.
Si me encontraba, en cambio, con la abuela, estaría bien.
El abuelo fue nieto alguna vez y en su abuela la mía también se reconoció.

Y el hígado sobre las brasas se asaba y el lomo en el plato dormía;
la abuela con un cartón en las manos se abanicaba.

Cual brasa el sol enrojecía
y lanzaba soplos de cálida iluminación blanca,
que mas no blanqueaban y sí, en cambio, la piel nos oscurecían.

Tus historias,
ya no en aquel pequeño cerro, suben a mi memoria,
en las cuales me imaginaba dentro y las veía – y las agigantaba.
Las historias de terror que atemorizaban;
los chistes con los que soltaba la carcajada.
Los consejos que me dabas.
Las palabras que aún me entregas.

Recuerdo los tráileres en el INMECAFE.
Tu comida en los trastos y tu café o telimón en el termo.
Que mientras tú comías, yo corría entre aquellos hierros muertos.

Y la abuela me curaba, nos sana,
con sus remedios caseros y sus manos que al sobar los dolores desaparecían.
Y el cututi se alegraba.

Tomados de la mano, a un lado de la carretera caminaban.
Los autos los oían, las casas los espiaban.
El viento que corría.
La mano que tú me sujetabas.

Entonces, un caballo, una piedra, una risa, me distraían;
pero en tus manos seguro me encontraba.

Del conocimiento del clima, tú meteorólogo empírico, eres poseedor.
Sabes cuándo caerá el agua que alimenta tu maíz y tu frijol.
Cuando la canícula se acerca, tú ya la has pronosticado.
Y el azadón y el marro y el cincel y la barreta y el pico y la pala, son una extensión a tus brazos.

El vilú y la cajeta y los trompos.
Era la fiesta del pueblo.
La música y los castillos y el torito se alzaban sobre el gentío.

Mi vilú tocaba, la cajeta comía, el trompo yo jugaba.
Tú abuela los comprabas, tú abuelo ordenabas,
y en mi jolgorio me divertía.

Allá en Julián Grajales vivieron
Y también en La Gachupina.
En Soyaló la casa construyeron, en ella creció la familia.
El maíz de ahí venía.
La plática que de su aliento escapaba, yo bebía.

Más tarde envejecieron.
¿No viste roble cómo ellos se volvieron más abuelos?

Venciste tres operaciones, eres fuerte viejo roble.
Tus venas, erizadas de duro trabajo, te recuerdan
que para lograr la mesa puesta, la frente húmeda queda.

¿Y qué son tres aberturas,
sí, qué son tres cortes en tu alma,
si tú eres, abuelo, como el roble,
indiferente al hacha?

El caldo que con mis orines fue bebido era dulce, no había aún madurado.
Lo bebieron, yo cercano, ahí en la piedra sentado.

Por mi madre a mí su sangre se trasiega.
Su ciencia me ha tocado.
Con sus ojos yo he visto años.
Y con sus oídos, aquellos gritos tan lejanos.
Con sus propias manos he labrado todo cuanto de su boca ha salido.

Estoy grande, fui chico, soy viejo.
Por ustedes he vivido casi igual que ustedes.
Y he sentido el desollante andar del pollito sobre la piel, sin siquiera haberlo visto.

No estuve allí,
pero he conocido al viejito Nuncha enriqueciéndose con su cantina;
a Don Sisto;
al tacín, sobre el inodoro;
a Juan Gorila y sus montonales de cabezas;
al bulusate sobre la espalda;
Roble Viejo…

No diré más.
Porque el tiempo entero no me bastaría si sigo contando una historia, no acabada,
que se perpetúa en nosotros hasta que la luna sea agua.

Llevo abuelo tu nombre.
Abuelita, ¡mira!
tu cututi se ha hecho un hombre.

~ Junio, 2000*

+ 26/Oct/2009 […] Pienso en la abuela, en su muerte. Y también en el olvido […]